El efecto Pigmalión en la universidad española

El efecto Pigmalión o la profecía autocumplida es un fenómeno psicológico que los docentes tenemos muy en cuenta al tratar con nuestros alumnos y alumnas.

Si un docente cree que alguien en su clase tiene un talento especial, esa persona, muy probablemente, acabe destacando. Si, por el contrario, el docente se apiada de quien se esfuerza pero no consigue resultados, procurará que no se sienta frustrado y le permitirá quedarse en esa triste mediocridad.

El nombre de Pigmalión procede de una hermosa leyenda griega. ¿Os la resumo?

Pigmalión y el amor imposible

Pigmalión y Galatea

Pigmalión y Galatea de Jean-Léon Gérôme (1890) . Imagen de dominio público,

El rey de Chipre, Pigmalión, no encontraba una mujer digna de el para contraer matrimonio.

Debía ser una mujer absolutamente perfecta. Y, claro está, tras mucho viajar y buscar esa perfección en una mujer abandonó su propósito.

Frustrado, se dedicó a crear hermosas esculturas femeninas que, en realidad, no llenaban su sensación de soledad y anhelo de amor.

La piedra y el marfil no podían ofrecer el amor que necesitaba.

Entre todas las esculturas que llenaban su mansión, una en especial se había convertido en su favorita.

Pasaba las horas contemplándola y deseando que pudiese conversar o reír como una mujer real.

Esperaba ver en la escultura más perfecta, la mujer de marfil, un alma que pudiese compartir su vida.

Había rogado una y mil veces a Afrodita que le concediese el milagro. Necesitaba de la intervención divina para dotar del alma perfecta al cuerpo perfecto. Un alma que habría surgido del amor de Pigmalión y de la fría piedra de mármol.

Una tarde, en un arrebato de éxtasis, besó los labios de su amada encerrada en un cuerpo de marfil. Y esa fue la chispa que desencadenó el milagro de Afrodita. Los labios de ella se tornaron en suaves y cálidos. Su cuerpo dejó de ser frío y se concedió el cálido abrazo que Pigmalión anhelaba.

A lo largo de la historia, la mujer que salió del marfil se ha llamado Galatea (como la ninfa del mar) o, si seguimos a Goethe, Elise. La versión más reciente de este mito griego es la obra de teatro «Pigmalión», de George Bernard Shaw, en la que Eliza Doolittle pasa de ser una florista de clase baja a una refinada dama, enamorada de su profesor de fonética.

El efecto Pigmalión o la profecía autocumplida

¿Qué se puede aprender de esta maravillosa leyenda griega?

En toda la docencia, pero especialmente en la universitaria, la figura del docente es (o debería ser) una figura de autoridad. Se presupone que tiene un mayor conocimiento del tema del que puedan tener sus alumnos y alumnas. Por algo ha estudiado la materia y, en muchos caso, incluso ha ejercido la profesión. Los docentes por vocación disfrutamos divulgando lo que hemos aprendido.

El alumnado llega a la profesión que han elegido de la mano de sus profesoras y profesores. Y dependen de su evaluación para saber si están evolucionando adecuadamente.

Los docentes transmitimos el conocimiento, pero son los alumnos los que deben hacerlo suyo, interiorizarlo y asumirlo. Es, si me permitís el símil, como si un cocinero preparase los mejores platos y los pusiese en la mesa. Dependería de los comensales degustarlos y conseguir que sean el alimento que deseaban.

Los profesores, siguiendo esta alegoría, servimos las ideas y conocimientos. Pero son los alumnos quienes deben esforzarse en comprender y asimilar. Deben hacer preguntas y buscar la información adicional que necesitan para crecer en la materia. Deben, en definitiva, esforzarse y estudiar.

¿Qué pasaría si bajamos el listón para que los alumnos lo tengan más fácil?

El efecto Pigmalión o la profecía autocumplida

Se ha demostrado que, si alguien con autoridad nos exige más de lo que creemos ser capaces de ofrecer, creceremos. Si nunca nos corrigen los errores, nunca sabremos cómo mejorar. Ese jefe que rara vez está satisfecho, probablemente, será un líder de aprendizaje para su equipo.

Si los profesores (escultores como Pigmalión) permitiesen la mediocridad como norma significaría que no esperan nada mejor de su alumnado. Se habrían rendido antes de tiempo.

Igualar por la base en la formación es, en mi humilde opinión, lo peor que se puede hacer.

Tratar a los estudiantes como si fuesen clientes que, con su encuesta de satisfacción, pueden truncar la carrera profesional de un docente es un tremendo error. Ante la amenaza de un despido, se corre el riesgo de ser complacientes y tratar a estudiantes adultos como si fuesen niños.

Premiar el esfuerzo sin resultados llevará a esta sociedad a tener personas que cumplen con su horario, y no con su cometido. Es un futuro poco prometedor.

Por el contrario, ofrecer enseñanza de calidad y cuidar de que cada persona pueda desarrollar el máximo de su potencial es el camino. Becar a los mejores, independientemente de su nivel económico, nos proporcionará magníficos profesionales en cada campo.

No hay ninguna persona igual a otra, porque cada una tiene su forma de aprender, su forma de ver el mundo.

Este es el reto de los docentes: ayudar a cada estudiante a dar lo mejor de si mismo.

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